Un magma de increíbles horrores y fuerzas, por Guilherme de Alencar Pinto
Servicio
de habitación, de Leo Maslíah.
Ediciones de
Estatutos,
de Maslíah. Cauce, Montevideo, 2002. 126 págs.
Horóscopos
y otras sentencias, de Maslíah.
Ediciones de
Libretos,
de Maslíah. Ediciones de
El
oráculo, de Leo Maslíah y Sanopi. Perro Andaluz,
Montevideo, 2005, 136 págs.
Desde el 2002 se publicaron cinco libros nuevos de Leo Maslíah, el mismo
período en que ese autor estrenó en Buenos Aires su primera ópera, lanzó
cinco discos nuevos, hizo diversas giras por Europa y América cantando, tocando
y diciendo sus textos, además de haber presentado proyectos musicales
especiales, como el Recital soplón o su concierto con Perceum.
La superproductividad es uno de muchos puntos de contacto entre Maslíah
y Bach, alrededor de quien Maslíah hizo otro ciclo de presentaciones especiales
(Flores de Bach). Como Bach, Maslíah tiene un excepcional dominio técnico
de sus medios de expresión –música y lenguaje verbal–, no ostenta la
pretensión de que sus obras “expresen” algo, y aborda muchas de sus
composiciones como un jugador que, aburrido de ganar siempre, se propone
constantemente nuevos desafíos estilísticos o técnicos para motivarse. La
diferencia con Maslíah es que Bach trabajaba sobre un “estado de lenguaje
musical” establecido e incuestionable. La falta de tal marco muchas veces
resultó en esos cuerpos de obras sufridos, escasos, como los de Varèse, Webern
y Berg (o, en literatura, Joyce), quienes buscaron a cada paso la forma de
expresión ideal, como si fueran futbolistas que, entre partido y partido, se
dedicaran a extensas asambleas en
Horóscopos y otras sentencias y
El oráculo son libros de piezas literarias cortas –cuentos, poemas,
parodias, chistes, ejercicios de estilo–. Todas las piezas de El oráculo (incluidas
las estupendas ilustraciones de Sanopi, quien figura como coautor del volumen) y
varias de Horóscopos ya habían aparecido en la sección Humor o No de
BRECHA. “Gardel” es uno de los “minicuentos alfabéticos”, escritos con
palabras cuyas iniciales siguen el orden alfabético (cada minicuento empieza
con una letra, y éste arranca por
Los 126 textos que suman ambos libros son muy variados en índole,
procedimiento, grado de abstracción. Una de las vetas más interesantes –y
una constante en todas las facetas creativas de Leo– es la desconstrucción
metalingüística, una especie de ejercicio de crítica genérica que asume el
mismo formato superficial del objeto criticado. Muchos de sus “Horóscopos”,
por ejemplo, no hacen más que llevar a sus lógicas consecuencias las premisas
de la astrología, poniéndolas al desnudo (“Estás a punto de emprender un
importante viaje, y el consejo es que saques pasaje con bastante anticipación,
ya que el ocho coma tres por ciento de la población es de tu mismo signo y por
lo tanto se volcará masivamente a cumplir con el mismo vaticinio.”).
“Construye tu propia historia” es un ejercicio asistemático de
narratología: un cuento que se reduce a su esqueleto estructural, con el
contenido indefinido: “Una vez, una persona de cierta edad, que había
venido desempeñándose durante un tiempo en varias actividades”…
“Vida por familia” cambia, como en su título, casi todas las preposiciones
y conjunciones gramaticales por otras que no corresponden. “Glenda”
sustituye todos los sustantivos comunes y adjetivos con nombres propios, y todos
los nombres propios por sustantivos comunes (“Entré a la marta para tomar
un cipriano porque hacía carlos. En un ana estaban sentados café, anís,
leche, grúas y oraciones.”). “Rejudi” cambia algunos fonemas por
otros (“Cierto día de rubia, se le renó la garganta de ragas”). Lo
curioso es que pese a esas perversiones, cada uno de los textos resulta
totalmente comprensible, lo cual permite la inquietante constatación de cuánto
de nuestra comprensión del discurso está dictado por nuestra expectativa a
priori de verosimilitud y coherencia. Podemos extrapolarlo a que mucha de
nuestra percepción del cotidiano se tiende a delinear con la misma vista
gruesa, lo cual explica buenas dosis de conformismo y de intolerancia.
Una de las características más desconcertantes del Maslíah escritor es
su rehúsa a jerarquizar los géneros artísticos y los registros de expresión
(en sentido lingüístico). Encontramos juegos apoyados en una erudición e
inteligencia excepcionales, entreverados con procedimientos pueriles (este
entrevero resulta, él mismo, un chiste). Por ejemplo, en “Reunión de
profetas” todos los personajes tienen nombres de profetas conocidos con la
omisión de la primera letra (Aniel, Ostradamus, Lías, lo cual, sin dejar de
ser un chiste tonto, preserva una “sonoridad profética” y propicia
asociaciones inesperadas —con ano, ostra, lío—).
Bach nunca hubiera hecho algunas de sus cantatas si no tuviera la
obligación de proveer una para cada fecha del calendario cristiano durante
cinco años. Algunos de estos relatos quizá no hubieran existido sin el
compromiso de entregarlos para su publicación semanal. Una vez que existen,
aunque no todos se justifiquen como “gran literatura”, piezas de humor o
siquiera como entretenimiento, no hay ninguno que deje de plantear algún tipo
de cuestión interesante. Es muy difícil definir un “me gusta” o “no me
gusta” en una colección tan heterodoxa de piezas que, en su mayoría,
esquivan muchos de los parámetros que nos suelen llevar a consumir literatura.
Detrás de Zanahorias. El problema de la función
literaria se amplía en el extrañísimo ciclo de novelas que empezó con Zanahorias
(1991), siguió con La décima pista (1995), Ositos (1997) y
cuyo último fruto viene siendo Servicio de habitación. En cada una de
ellas se plantean universos que sólo pretenden similitudes y conexiones muy
parciales con el mundo “nuestro”. Hay referencias a elementos prosaicos (la
película Bernardo y Bianca, Orson Welles, Armando Bo, tarjeta Cabal), países
y regiones reales, cosas que no suelen ocurrir en la ficción fantástica
ubicada en mundos imaginarios (como El señor de los anillos o Star
Wars). Estos elementos prosaicos, sin embargo, no presuponen ni imponen
mayores similitudes entre los mundos de estas novelas y el nuestro. No se trata
de un mundo “como el nuestro” en el que intervienen, como excepción o como
dato nuevo, superhéroes o muertos-vivos, sino de un mundo parecido pero
distinto, donde la gente cree en un tal contador Madariaga, a quien “sin
tener atributos divinos, le fue confiado sin embargo el manejo de los resortes
que rigen al todo y a sus partes, incluyendo a esos mismos resortes”. Ni
siquiera el espacio y el tiempo se concatenan de la manera como estamos
habituados a concebir nuestro mundo. A partir de la segunda novela, cada libro
se ubica, en principio, en un ámbito espacial confinado (La décima pista en
un avión, Ositos en un shopping), pero estos lugares contienen un volumen de espacio
que supera
su capacidad, y las ocurrencias duran más tiempo que lo que podría durar un
vuelo o una tarde de compras. En Servicio de habitación estamos en un
hotel que es infinito aunque limitado: nadie sale de él, de hecho parece estar
viajando como si fuera una gigantesca nave espacial. Tiene infinitos pisos hacia
arriba o abajo, que se cierran en bucle (si alguien se cae por el pozo del
ascensor, termina golpeándose, minutos después, contra el techo del mismo). El
bucle es también temporal, ya que el final de la novela nos conduce –y la
explica– a la escena inicial. Cuando le pregunté al respecto, Maslíah me
escribió que tiende a ver ciertas repeticiones como hechos vividos muchas veces
pero que los personajes casi nunca recuerdan y abordan como si fuera la primera
vez, y esta desmemoria generalizada tendría, para el autor, sus resonancias en
aspectos sociales de nuestro mundo. Mientras leía los libros, de mi parte tendí
a encarar esas repeticiones como si estuviera pasando de nuevo por un mismo
momento tras haber cruzado un atajo temporal, algo que no sería nada
incoherente en un espacio-tiempo en que es posible entrar a un ascensor y
perderse adentro, caminar quilómetros sin hallar la salida e incluso toparse
con extraños habitantes (del ascensor), como esos cultores de una secta mística
cuyos textos sacros consisten en anagramas tipo “Abraham, el barman, es
Brahma” o “Chapeau, Pocha”. Ningún hecho parece ser crucial,
ni siquiera la muerte: los que mueren luego siguen por ahí como si nada (aunque
ahora están etiquetados como “muertos”), y alguno puede tener un
encontronazo con el propio cadáver (moviente). Nada ni nadie tiene una forma
estable en la que se pueda confiar, y ese proceso termina generando indiferencia
por los destinos de cada uno, ya que no hay espacio para ningún tipo de
identificación o rechazo fuerte: los personajes y ambientes no parecen tener más
espesor que el de las palabras que los narran. (Hay mucho de dibujito animado en
ese mundo de física imposible, maleabilidad de los seres para la metamorfosis,
sin muerte real, y con seres tan llanos que no somos llevados a inquirir sobre
sicología, motivaciones o pasado.) El aspecto general de la novela tiene mucho
de una colectánea de textos cortos como Horóscopos... y El oráculo:
los eventos interesantes transcurren en el corto plazo, y luego las líneas de
fuerza se disgregan en otras narrativas, episodios o ámbitos. Muchos de los diálogos
plantean cosas interesantísimas, pero invariablemente se van por las ramas. Hay
muchos pasajes intrigantes, y muchos hilarantes. También hay recursos humorísticos
un poco fáciles y usados muchas veces por Leo en su carrera, como los nombres
incongruentes, ridículos o basados en juegos de palabras (Sacre Kerr, Mélanic
Lein, Simbad Geigy); o las frases dichas en registro ampuloso y formal súbitamente
pervertido por la irrupción inesperada de una expresión coloquial (“Damas
y caballeros, el señor Baruj Casariego […] les solicita tengan a bien
atenuar la intensidad del quilombo que están armando.”).
En Zanahorias hay un diálogo que sintetiza una de las
disposiciones con que se puede abordar estos libros:
“—La literatura es una rama de
“—No toda literatura es así —dijo Mófam—. Si yo escribo, por
ejemplo, ‘bl bl nb bnu bnuf flumb umbl’ y lo publico, no estoy construyendo
ningún modelo de Universo.
“—No, pero está contribuyendo a la causa. Está haciendo lo mismo
que un matemático que llega a la demostración de un nuevo teorema: construye
una herramienta que va a servir para el modelo de Universo que algún día
alguien sugerirá. Su composición literaria ‘bl bl...’, etcétera, cumple
idéntica función: usted inventa algo que nunca antes ha sido dicho y tratándose
de algo dicho, tiene un contenido semántico, por más turbio o ambiguo que sea.
Ese contenido puede ser, algún día, piedra fundamental de una concepción
acerca de cómo es el Universo. O puede ser un simple guijarro. Pero
indispensable.
“—O completamente inútil.”
Me resulta difícil alentar a la gente a abordar estos textos que no
emocionan, no atrapan, no instruyen, no edifican y que boicotean sistemáticamente
cualquier sentido “constructivo” que uno piense atribuirles. Pero me gustaría
hacerlo. La lectura de los cuatro volúmenes de este ciclo ejercieron sobre mí
una función purificadora, como una meditación que rehúsa en forma implacable
ostentar cualquier aire misticoide, propulsada por la imaginación e
inteligencia incomunes del autor y su capacidad para despojarse de censura y
prejuicios para inventar con enfermiza frescura esos mundos que, desde la
diferencia, son capaces de iluminar nuestras vivencias aunque sea por contraste
o como incómodas metáforas o alegorías de algunos de sus aspectos.
Cambio de estatutos. Todo es igual pero distinto
en Estatutos y Libretos, quizá las novelas más “redondas”
que haya escrito Maslíah (es decir, realizaciones brillantes dentro de
criterios literarios más establecidos —o sea, criterios—). En Estatutos,
el anónimo narrador-personaje tiene algo de esa indiferencia del Extranjero de
Camus o del narrador de Estorbo de Chico Buarque. Las ocurrencias o
situaciones más extrañas no le producen sorpresa, aun cuando no carece de
intenciones o preferencias, situación agravada por su amnesia. Como en el ciclo
“Zanahorias”, tampoco acá hay una línea de fuerza que estructure las
intensidades emotivas o conceptuales del todo, pero la existencia de un
personaje central crea una unidad más grande y basada en la posibilidad de
empatía. Es posible reírse de los absurdos que van sucediendo, o del ingenio y
de la imaginación delirante de Maslíah, pero no se detectan artificios
propiamente cómicos. Hay incluso largos tramos de una narrativa “normal”, y
el más normal de todos, paradójicamente, es un sueño. Luego de que, estando
despierto el personaje, su habitación sufrió transformaciones inexplicables
(la ventana es sustituida por un póster), dialogó con un perro que resulta ser
su amo, salió a una calle que se abre en el interior de su ropero, quedó
atrapado en el interior de un maniquí dentro del cual fue testigo de las
intimidades de una familia pero fue echado de allí por una muñeca inflable
celosa, luego de todo eso finalmente el protagonista duerme y sueña, y este sueño
es el relato más cotidiano y “normal” imaginable, y es además un espléndido
tramo de literatura naturalista. Más adelante el pasaje de ciencia-ficción
envolviendo posibles OVNIs es escalofriante y genera una paranoia digna de un
Philip K. Dick (uno de los ídolos de Leo).
Aunque ese mundo es tan surreal como la mayoría de los que Maslíah crea
en sus escritos, hay muchas más conexiones con nuestra dimensión cotidiana, e
incluso una de ellas explícita: “no puedo explicarme que un ser humano
adquiera la capacidad de desaparecer, y el solo recuerdo de este incidente me
hiela todavía la sangre y me hace sospechar y temer que detrás de la fachada
ominosamente previsible a que nos tiene acostumbrados la vida cotidiana, se
oculta un magma de increíbles horrores y fuerzas sobrenaturales que sólo en
contadísimas ocasiones se manifiesta ante nosotros, y lo hace tan débilmente
que nos acaba convenciendo de que todo se debió a un momentáneo desperfecto
fisiológico de nuestros sentidos.”
Libretos avanza aun más en el sentido de un universo con reglas
estables, aprensibles y consistentes. Como en Buarque, se ubica en una ciudad
que podría ser la propia —en el caso, Montevideo o alguna gran ciudad
argentina—, pero que no es identificada como tal. Todo es natural en el
relato, con una gran excepción: todas las mañanas, cada persona de ese mundo
recibe un libreto encuadernado que describe con omnisciencia lo que va a ocurrir
ese día e instruye sobre cómo hay que reaccionar. En las telenovelas que
asisten los personajes, el melodrama gira en torno a los libretos dentro de la
ficción (“Zoraida, la heroína [de la telenovela], lloraba
amargamente sobre su libreto, que la conminaba a casarse con un tal Joaquín,
que la pretendía desde siempre, pero al que ella no amaba.”). El mundo de
Libretos incluye discusiones sobre el albedrío, el por qué de las
decisiones de quienes arman los libretos, la suposición de un orden que puede
ser incomprensible pero que algunos suponen que debe “tener un sentido”. Está
esencialmente constituido de descripciones cotidianas amparadas en el notable
poder de observación y reproducción de sentimientos y conductas de Maslíah.
Hay, sin embargo, como una inflexible imparcialidad, y en este sentido puede
recordar esas narraciones que Krishnamurti intercala con algunos de sus textos
filosóficos (es de Krishnamurti el epígrafe del libro) que trasuntan amor y
ternura (porque es imposible mirar tanto y tan bien sin una actitud de profundo
respeto), pero que, justamente en esa amorosa renuncia a juzgar y manipular,
establece al mismo tiempo una distancia indiferente. Libretos es una
combinación rarísima de calidez y hielo. Y uno de sus rasgos más
sorprendentes es que, pese al cumplimiento a rajatabla de su extraña premisa
(relativa a los libretos), los personajes no son demasiado distintos de
cualquiera y su mundo no luce más ordenado, ni más motivado, ni siquiera más
explicado o más lógico, una observación que nos puede llevar a regocijarnos o
a temblar de horror.
Guilherme
de Alencar Pinto (Publicado originalmente en el semanario Brecha, Montevideo).